Elisa del Amo. 10/10/12.
EL ANCIANO SANO.
La concepción de salud plantea una visión sistémica,
considera al individuo como un elemento
integrante de un todo, y, a la vez, como un conjunto de elementos que
interactúan para conseguir un objetivo común: el equilibrio. Este “todo” no es
más que la suma de los elementos, y la interacción armónica de todos ellos
permitirá al individuo mantenerse en salud.
Los cambios anatomofisiológicos asociados al envejecimiento se inician
de forma poco aparente, para exteriorizarse poco a poco. Todo esto requiere un
ajuste y adaptación orgánica de cada individuo que le permitirá mantenerse en
salud, lo que determinará, su capacidad de resistencia y adaptación. Se puede
hablar de nivel funcional óptimo como aquel que permite al anciano ser lo más
independiente posible.
Se considerará
anciano “independiente” aquel que es capaz de solucionar las actividades
que se le presentan en la vida cotidiana y anciano “dependiente” aquel que es
incapaz de resolver las dificultades que le genera la actividad cotidiana. Así,
un anciano independiente utilizará los recursos de que disponga o tenga a su alcance
(propios o comunitarios), para satisfacer sus necesidades vitales, mientras que
el anciano dependiente no será capaz de ello.
EL ANCIANO FRÁGIL. FRAGILIDAD.
Conceptualmente, la fragilidad puede definirse como la
situación de gran vulnerabilidad orgánica, psicocognitiva y funcional de la
persona mayor, consecuencia de la actuación de diversos factores de riesgo, y
que requiere un continuo control y ocasional ayuda.
Las causas que desencadenarán una situación de fragilidad
son variadas. Unas son propias de la condición personal del individuo, otras
son socioambientales, y otras se relacionan con la enfermedad y con las
atenciones recibidas.
EL ANCIANO ENFERMO.
Se trata del anciano que se encuentra en una situación de
equilibrio inestable, frente a cualquier noxa desestabilizadora puede devenir
una persona enferma, necesitada, y por su idiosincrasia, percibir y expresar su
enfermedad de una forma particular, singular y atípica que en ocasiones escapa
del patrón esperado por los profesionales de la salud.
Las enfermeras deben tener presente cuáles son las
alteraciones de la salud en la ancianidad, especialmente las afecciones más
significativas, sus rasgos más propios y sus efectos, ya que la proporción de
enfermos ancianos que ocupan camas hospitalarias es cada vez mayor. Asimismo,
hay un aumento del número de ancianos que el medio extrahospitalario que
padecen más de un trastorno de larga evolución que requiere una atención
continuada.
Bibliografía:
-Guijarro García J.L, Pérez Parado de la Vera A. Nutrición
Geriátrica. Navarra. Ulzama.
-García Hernández M, Torres Egea M.P, Ballesteros Pérez E.
Enfermería Geria¡átrica. 2ª ed. Barcelona. Masson; 2000.