MIGUEL ÁNGEL CARPIO MORENO
Martín-Romo MA, Arranz Santamaría LC, Artetxe García A,
Ayuso Gil E, Buz Delgado J, Camaño Barrios L, et al.
He escogido este libro exclusivamente por su amplio
argumento sobre la inmovilidad en el anciano. Pensaba ayudarme de varias
bibliografías pero con éste me ha sido suficiente dada su sobresaliente
información sobre el tema en cuestión.
SINDROME DE
INMOVILIDAD
El inmovilismo es uno de los grandes síndromes geriátricos;
debe ser considerado como un problema médico independiente y requiere, como
tal, una valoración y un tratamiento específicos. Se define como el descenso de
la capacidad para desempeñar actividades de la vida diaria debido al deterioro
de las funciones motoras.
El inmovilismo agudo, entendido como un episodio de declinar
rápido de la independencia en la movilidad hacia una situación de encamamiento
o de “vida en cama o sillón” durante 3 días como mínimo, constituye una
verdadera emergencia médica y requiere atención inmediata, tanto por su impacto
sobre el pronóstico funcional como por la elevada mortalidad que conlleva. Se
dispone de datos que indican que este tipo de inmovilismo se asocia con un 33%
de mortalidad a los 3 meses y hasta un 58% al año.
Los datos disponibles sobre la población española revelan
que, en el medio comunitario, un 6% de la población mayor de 65 años presenta
dificultad para andar por su propia casa, un 12,7% para subir escaleras y un
12,4% para salir y andar por la calle. Por encima de los 80 años las cifras se
disparan alcanzando un 15, un 25,6 y un 27%, respectivamente . Es, pues, en la
población mayor de 80 años donde el problema adquiere una mayor dimensión, y
más aún en las mujeres, de las cuales un 19,3% presenta dificultades para
levantarse de la cama y un 17,9% tiene problemas para acceder al lavabo.
En el medio residencial un 50% de los ancianos presenta
algún problema de movilidad con una prevalencia del 30% de inmovilismo
clínicamente significativo.
Estas cifras favorecen que se identifique con frecuencia la
falta de movilidad con la edad avanzada. Los estudios dirigidos a analizar la
actitud del personal sanitario ante este problema encuentran que pocas veces
queda reflejado en la historia clínica y que a menudo ni médicos ni enfermeras
son capaces de definir el grado de movilidad de sus pacientes. Para fomentar la
movilidad se requiere un considerable esfuerzo para vencer no sólo nuestra
propia inercia, sino también la del paciente y sus cuidadores.
El conocimiento de la relación de inmovilidad con los
cambios que acontecen a lo largo del proceso de envejecimiento, así como de sus
diferentes etiologías, sus repercusiones físicas y psicológicas y el tiempo en
que pueden instaurarse éstas, constituye
la base para las intervenciones dirigidas a su prevención o, al menos, a
minimizar sus consecuencias. Muchos de los factores que influyen en el grado de
movilidad de los pacientes entran de lleno en el terreno de la práctica de la
enfermería, de forma que gran parte de la evoluciones negativas del inmovilismo
pueden evitarse con un tratamiento correcto del paciente por el equipo
cuidador.
El inmovilismo, al igual que los restantes síndromes
geriátricos, debe ser abordado de forma interdisciplinaria. La identificación
de las causas tratables o modificables por parte del equipo servirá para
elaborar unos objetivos y un plan de actuación; éste incluirá el tratamiento
clínico cuando sea posible, la modificación de los factores ambientales que
dificultan la movilidad y la valoración de la necesidad de tratamiento
rehabilitador. Pacientes con inmovilización pueden beneficiarse de la
fisioterapia para aumentar el grado de movimiento articular, reforzar la
musculatura, mejorar el patrón de la marcha (con o sin ayudas) y facilitar la
transferencia y la capacidad de levantarse del sillón o la cama. La terapia
ocupacional dirigida al reentrenamiento de las actividades de la vida diaria
(vestido, lavado, aseo, uso del retrete, movilización y continencia) y del
funcionamiento del paciente en su medio será otro pilar fundamental del
tratamiento. El personal de enfermería, que es quien mantiene el contacto más
estrecho y continuado con el paciente, será el que controlará la progresión del
paciente y se encargará de coordinar la actuación del fisioterapeuta y el
terapeuta ocupacional.
La evaluación y el tratamiento del inmovilismo pueden
realizarse en todos los ámbitos asistenciales. En las unidades de
hospitalización aguda la detección temprana, la prevención y el tratamiento de
las complicaciones forman parte de la cotidianidad de los cuidados médicos y de
enfermería. En la unidad de rehabilitación o unida de media estancia y en el
hospital de día el grado de movilidad del paciente es uno de los puntos que
obligadamente debe ser revisado en el plan de actuación y objetivos semanales.
Las residencias o centros de cuidados continuados y el propio domicilio del
paciente son también lugares idóneos para la detección y la actuación
tempranas, ofreciendo la ventaja de permitir la valoración del paciente en su
medio habitual y la posibilidad de asesoramiento a la familia o a los
cuidadores en materia de prevención y tratamiento de las complicaciones.