COMPONENTES

ELISA DEL AMO JEREZ
SILVIA ENGRA ROSELL
MARIA DOLORES TÉBAR DOCÓN

martes, 20 de noviembre de 2012

Bibliografía 7


MIGUEL ÁNGEL CARPIO MORENO

Martín-Romo MA, Arranz Santamaría LC, Artetxe García A, Ayuso Gil E, Buz Delgado J, Camaño Barrios L, et al.

He escogido este libro exclusivamente por su amplio argumento sobre la inmovilidad en el anciano. Pensaba ayudarme de varias bibliografías pero con éste me ha sido suficiente dada su sobresaliente información sobre el tema en cuestión.

SINDROME DE INMOVILIDAD

El inmovilismo es uno de los grandes síndromes geriátricos; debe ser considerado como un problema médico independiente y requiere, como tal, una valoración y un tratamiento específicos. Se define como el descenso de la capacidad para desempeñar actividades de la vida diaria debido al deterioro de las funciones motoras.

El inmovilismo agudo, entendido como un episodio de declinar rápido de la independencia en la movilidad hacia una situación de encamamiento o de “vida en cama o sillón” durante 3 días como mínimo, constituye una verdadera emergencia médica y requiere atención inmediata, tanto por su impacto sobre el pronóstico funcional como por la elevada mortalidad que conlleva. Se dispone de datos que indican que este tipo de inmovilismo se asocia con un 33% de mortalidad a los 3 meses y hasta un 58% al año.

Los datos disponibles sobre la población española revelan que, en el medio comunitario, un 6% de la población mayor de 65 años presenta dificultad para andar por su propia casa, un 12,7% para subir escaleras y un 12,4% para salir y andar por la calle. Por encima de los 80 años las cifras se disparan alcanzando un 15, un 25,6 y un 27%, respectivamente . Es, pues, en la población mayor de 80 años donde el problema adquiere una mayor dimensión, y más aún en las mujeres, de las cuales un 19,3% presenta dificultades para levantarse de la cama y un 17,9% tiene problemas para acceder al lavabo.

En el medio residencial un 50% de los ancianos presenta algún problema de movilidad con una prevalencia del 30% de inmovilismo clínicamente significativo.

Estas cifras favorecen que se identifique con frecuencia la falta de movilidad con la edad avanzada. Los estudios dirigidos a analizar la actitud del personal sanitario ante este problema encuentran que pocas veces queda reflejado en la historia clínica y que a menudo ni médicos ni enfermeras son capaces de definir el grado de movilidad de sus pacientes. Para fomentar la movilidad se requiere un considerable esfuerzo para vencer no sólo nuestra propia inercia, sino también la del paciente y sus cuidadores.

El conocimiento de la relación de inmovilidad con los cambios que acontecen a lo largo del proceso de envejecimiento, así como de sus diferentes etiologías, sus repercusiones físicas y psicológicas y el tiempo en que pueden instaurarse éstas,  constituye la base para las intervenciones dirigidas a su prevención o, al menos, a minimizar sus consecuencias. Muchos de los factores que influyen en el grado de movilidad de los pacientes entran de lleno en el terreno de la práctica de la enfermería, de forma que gran parte de la evoluciones negativas del inmovilismo pueden evitarse con un tratamiento correcto del paciente por el equipo cuidador.

El inmovilismo, al igual que los restantes síndromes geriátricos, debe ser abordado de forma interdisciplinaria. La identificación de las causas tratables o modificables por parte del equipo servirá para elaborar unos objetivos y un plan de actuación; éste incluirá el tratamiento clínico cuando sea posible, la modificación de los factores ambientales que dificultan la movilidad y la valoración de la necesidad de tratamiento rehabilitador. Pacientes con inmovilización pueden beneficiarse de la fisioterapia para aumentar el grado de movimiento articular, reforzar la musculatura, mejorar el patrón de la marcha (con o sin ayudas) y facilitar la transferencia y la capacidad de levantarse del sillón o la cama. La terapia ocupacional dirigida al reentrenamiento de las actividades de la vida diaria (vestido, lavado, aseo, uso del retrete, movilización y continencia) y del funcionamiento del paciente en su medio será otro pilar fundamental del tratamiento. El personal de enfermería, que es quien mantiene el contacto más estrecho y continuado con el paciente, será el que controlará la progresión del paciente y se encargará de coordinar la actuación del fisioterapeuta y el terapeuta ocupacional.

La evaluación y el tratamiento del inmovilismo pueden realizarse en todos los ámbitos asistenciales. En las unidades de hospitalización aguda la detección temprana, la prevención y el tratamiento de las complicaciones forman parte de la cotidianidad de los cuidados médicos y de enfermería. En la unidad de rehabilitación o unida de media estancia y en el hospital de día el grado de movilidad del paciente es uno de los puntos que obligadamente debe ser revisado en el plan de actuación y objetivos semanales. Las residencias o centros de cuidados continuados y el propio domicilio del paciente son también lugares idóneos para la detección y la actuación tempranas, ofreciendo la ventaja de permitir la valoración del paciente en su medio habitual y la posibilidad de asesoramiento a la familia o a los cuidadores en materia de prevención y tratamiento de las complicaciones.